jueves, 19 de septiembre de 2013

Días de lluvia: cómo ser feliz

Detrás de la ventana está gris oscuro, llueve, ha refrescado. Los adultos nos quedamos a resguardo en casa, pero los gemelos han redescubierto sus botas de agua, se las han probado diciendo locos de contento "mamáaaaaaaa, ves como todavía me van bieeeeen", y más felices que cualquier final de Disney han querido correr al portal, ni que sea con la excusa de bajar la basura, para ir a saltar en los charcos (de barro, como Pepa Pig, es nuestro ídolo y ella siempre puede saltar si lleva sus botas, así que no hay excusa).

Es increíble lo mucho que me enseñan día a día mis hijos y me digo a menudo que soy mejor desde que están a mi lado. Suena ñoño, pero es cierto que de pronto soy más paciente (lo cuál tampoco significa que tenga una paciencia infinita, ya me gustaría), que me he tenido que replantear la comunicación y lo importante que es dar los mensajes con claridad y sencillez para que los demás nos entiendan, que me doy cuenta de lo absurdas que son algunas normas que yo mismo impongo y he de replantearme algunas de ellas, que redescubro la sencillez... Un día haré un artículo con todo lo que mis hijos me han enseñado y lo que con ellos he redescubierto, en qué me han hecho mejor (sobre todo) y peor (a veces me sale un ogro incontrolable que me da miedo hasta a mí). Y es que son muchos los pequeños detalles, las reflexiones, lo que descubro sobre mí misma, los aprendizajes.

Por hoy la moraleja es la siguiente: el cielo gris sólo es gris "mal rollo" si nos empeñamos en verlo así.

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