miércoles, 12 de septiembre de 2018

Conservar la emoción del primer día

Y que cada día viváis la emoción del primer día. Del reencuentro. Del nuevo principio. Del estreno de libretas y colores y lápices. Que cada día viváis la emoción de disfrutar la vida. 



miércoles, 29 de agosto de 2018

Mejor echar de menos que de más: disfruta de tus hijos antes de que crezcan

A veces miro hacia atrás y echo de menos. 



Una sonrisa espontánea. Un beso inesperado. Una mano rechoncha cogiendo un dedo. Una complicidad. 



El agua cristalina, y el juego, y tú, y yo, y nosotros... 


A veces echo de menos. Y me digo que es una expresión de amor más. Que ojalá sigamos acumulando momentos que me causarán morriña. Que es mejor echar de menos que de más.


Cuando acabas de tener un bebé todo el mundo te da consejos gratuitos, más o menos afortunados. Y suele haber una constante: aprovecha. Aprovecha al bebé y mímalo y cógelo en brazos cuanto quieras. Duerme con él si quieres. Sin miedo. Crecen tan rápido...


En la vorágine de tener dos bebés (o uno) te parece que nunca llegará el momento de respirar un poco, de descansar en vacaciones, de ir a la playa relajadamente. Pero tu bebé pasa a ser niño y te necesita menos (aunque tus vacaciones siguen siendo una locura en la que desconectas pero en la que sigues sin descansar). Y luego un niño más grande que cada vez demanda menos mimos y más cosas. Y luego sigue creciendo y creciendo y un día ya no te necesitan (tanto). 



De pronto echas de menos. 


Y ojalá no eches de menos aquello que no hiciste y ya no podrás hacer porque esa frustración no tiene ni solución ni cura. Ojalá eches de menos lo que hacías porque recordarlo te llena de melancólica ternura y te hace feliz haber construido bonitos recuerdos. Y ojalá en el futuro eches de menos lo que haces hoy. 


Porque al final, es mejor echar de menos que de más. 


lunes, 16 de julio de 2018

Que los miedos ajenos no guíen tus pasos


Venga, va, que tú puedes... Que los miedos ajenos no guíen tus pasos. 

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No, hijo, no, ni siquiera los miedos heredados. Ni los de tu madre. Ni los de tu padre. Claro que yo quiero enseñarte prudencia. Que quiero que no te pase nada malo. 

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Pero eso es imposible, así que será mejor que asuma que tienes que superar tus propios retos, lanzarte. Será mejor que asuma que la maternidad es más enseñarte a caer y levantarte, a volverlo a intentar, que a evitar saltar por si pasara algo (que de hecho no sabes si realmente sucederá). 

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Será mejor que te enseñe a prepararte. A ir paso a paso hacia la meta. A saltar primero el bordillo bajo antes que el alto. A saltar primero de pie antes de hacer un mortal. Será mejor que te enseñe que todo se puede, o casi todo, pero con esfuerzo. Y que de nada vale dejarlo estar al primer trompazo. Ni frustrarse. Ni dejar de intentarlo... 

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Más vale que te enseñe que a pesar de todo, a veces, no se puede. Ni queriendo. Y no pasa nada si lo has i rentado con todas tus fuerzas. 

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Será mejor que aprendamos, juntos, a no tener miedo. 

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Salta, hijo, salta. Y que ningún miedo ajeno guíe tus pasos. 

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lunes, 9 de julio de 2018

Niños felices y la buena maternidad: lo estás haciendo bien



De cuando los niños sonríen desde la boca hasta los ojos y sabes que son niños felices... Luego lo haremos mejor o peor como padres, helicóptero o apisonadora o duros o la etiqueta que sea... Pero felices. Y eso, señores, es lo que yo llamo una maternidad real, una buena paternidad, un "no lo estás haciendo tan mal, después de todo". 

Que vivan los niños felices con padres felices ;) 

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miércoles, 13 de junio de 2018

El drama del caracol gigante que murió en el coche o los dramas infantiles


mis hijos les chiflan los caracoles. Cogerlos, pasearlos encima de una ramita, darles lechuga, ponerles nombre como "Cara" y hacerles una casa en un tupper con hojas verdes. 



La pasión por estas "mascotas" a veces nos ha llevado al drama: véase el caracol "gigante" que Pol adoptó el año pasado en Suiza y que llevó durante dos días allá donde fuéramos. La primera noche logramos convencerle de que no dormirá con él sobre su almohada por si lo chafaba, pero pasamos media mañana al día siguiente buscando al animal que había escapado de su confortable tupper-hogar. 




El segundo día nos babeó un viejo álbum de fotos. 


Al tercero, se empeñó en llevarle todo el día de excursión. Íbamos a visitar Gruyere y le dijimos que lo dejase en en prado verde junto al parking del coche para que fuera feliz porque no podíamos entrarlo en el castillo ni pagarle entrada ("¿pero por qué no si es de la familia?", preguntó el niño). Lo del prado no le convenció porque "se iba a escapar". De regreso a casa encontramos al caracol cocido en su baba en el maletero del coche. 


- Corre, tira el cadaver en la hierba que no lo vea a ver si con el tiempo se despista y se olvida... 


Y el niño apareció corriendo y tiramos el caracol a toda velocidad entre las hierbas...  Con tan mala pata que lo vio, al día siguiente. 


Funeral y todo tuvimos que hacer. No os digo más. 


¿En vuestra familia también tenéis dramas de esta magnitud? 


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