viernes, 21 de septiembre de 2012

Sin los abuelos, no somos nadie


Los abuelos y la conciliación - @CeliaRW

Sin los abuelos no somos nadie. Gracias a la abuela y al abuelo puedo ser una mujer de mis tiempos: una madre trabajadora con carrera, una mujer con intereses más allá de los niños que acude a jornadas interesantes, una periodista que va haciendo carrera, una escritora con algunos minutos para modelar palabras. Gracias a los abuelos soy una MASP, una madre aunque sobradamente preparada, que hace equilibrios entre su yo como mamá, su yo como profesional, su yo como amiga adulta, su yo como pareja y su yo más íntimo. 

Es justo reconocerlo, sin los abuelos, las madres y los padres de hoy día no seríamos la mitad de lo que somos. Porque la maternidad y la paternidad tienen unas altas exigencias, si se quiere llevar adelante con un mínimo de atención, amor y responsabilidad. Cuando los niños desembarcan en nuestras vidas es para siempre, están ahí, hay que atenderlos, cuidarlos, educarlos, mimarlos, jugar con ellos, escucharlos, hablarles, pasear con ellos, leerles un cuento a cualquier hora y antes de ir a dormir, hacerles la comida, ¡comprarles comida!, bañarles, celebrar con ellos los cumpleaños, disfrutar las vacaciones en familia... 

Pero hasta que los niños pueden ir a la escuela con 3 años, y luego si uno trabaja más allá de las 16:30 horas, si ambos progenitores trabajan, si además pretenden progresar en su carrera -porque es ahora o nunca; las edades de la paternidad y las oportunidades laborales coinciden pero no suelen confluir-, si encima esos dos adultos ilusos pretenden tener una vida social más allá de sus hijos, y si para más INRI quieren tener un tiempo individual como personas para desarrollarse, ir al gimnasio, leer o aprender algo, entonces EXISTE UN PROBLEMA: ¿con quiénse quedan los niños? 

No un "con quién se quedan" del estilo "quiero aparcarlos", si no un "con quién se quedan que estén bien atendidos, reciban calor y cariño, lo pasen bien". Las respuestas en nuestra atareada sociedad, y ahora además en crisis, son escasas: 


  1. En la guardería. En la pública que es más barata, relativamente, pero tiene unos horarios menos extensos que la privada (de 9:00 horas a 17:00 horas si incluimos el comedor, con una hora de acogida de 8:00 a 9:00 horas para quién pague el suplemento) y además tiene todas las fiestas y los puentes del mundo (dos semanas en Navidad, una en Semana Santa, mes y medio en verano, y una retahíla de días festivos). O en la privada, más cerca de casa y con horarios algo más amplios, que incluso llega a abrir en festivos y agosto por eso de la crisis, pero en la que hay que encontrar plaza, primero, y fondos para pagarla, en segundo lugar. 
  2. En casa con una persona externa que haga de cuidadora, si te lo puedes permitir económicamente y encuentras alguien de quién te fíes en cuanto a valores educativos, cariño y trato con tus hijos. 
  3. En casa, con los abuelos, o directamente en casa de los abuelos. Sin horarios ni vacaciones, en la mayoría de los casos, y sin más remuneración que las gracias. 
  4. O en casa, con mamá o papá en modo amos de casa, por elección -y es una suerte que hoy día puedan subsistir con un sólo sueldo una familia y haya quién puede permitirse tener excedencias sin sueldo o directamente no trabajar más; obviamente hablo de gente a la que no le ha tocado la lotería ni el sueldo Nescafé para toda la vida-, o porque están en paro y "ya que estoy, y no tenemos dinero para otras opciones, yo me ocupo". 
  5. En realidad existe una quinta opción, pero es tan poco frecuente en nuestro país que casi siempre se me olvida, y cuando la recuerdo, creo que estoy soñando: en casa con mamá y/o papá porque además de trabajar han conseguido tener un horario que les permite conciliar y estar presentes, turnarse para ocuparse de los niños y además de aprender y disfrutar de la maternidad, seguir con su carrera laboral sin obstáculos. 

Todas las opciones son buenas, no las juzgo. Pero es evidente que el modelo de madre ama de casa que cuida del hogar, los niños, las relaciones familiares y los afectos ya no está tan en boga -por lo menos en las ciudades- desde que la mujer se incorporó al mercado laboral. Y como en España no se ha transformado la estructura del mercado laboral para tener unos horarios intensivos o más ajustados a la realidad de lo que significa tener un hijo. Como no se aplican las pocas políticas de conciliación existentes, ni se modifican a mejor. Como seguimos instalados -por miedo al despido- en el presentismo laboral para demostrar que somos aquellos trabajadores a los que no hay que echar a la calle de ningún modo. Como además a las madres recientes y las embarazadas se las hecha con una facilidad pasmosa a pesar de las leyes que las protegen laboralmente. Y como hay más de una que no se plantea siquiera ejercer su derecho a las reducciones de jornada por miedo –otra vez el miedo- a que la despidan. Y como son muy pocos los hombres que se animan a hacer uso de su derecho a las reducciones de jornada, y ahora, “estando como están las cosas”, todavía menos. Como las guarderías públicas escasean y además cada vez están menos subvencionadas –y por tanto, son más caras-. Como pasa todo esto y más, ya lo decía antes: tenemos un problema.

Tenemos un problema, no sólo los padres, ojo, que son los primeros afectados. Si no los que quieren serlo y ni se lo plantean porque “no pueden”. Y los que saben que en nuestro sistema los nacimientos y la población son un factor clave de la reproducción y el mantenimiento del Estado del Bienestar como lo conocemos. Y la solución, en muchos, muchísimos casos, son los abuelos.

Los míos, no mis abuelos, si no los de mis hijos, se han quedado con ellos en ese lapso increíblemente largo de tiempo entre que se acabaron las vacaciones la tercera semana de agosto y empezaron las jornadas de “acogida” en la guardería. En las dos semanas que ha durado la adaptación con horario de 9:00 a 12:00 horas, aunque mis gemelos, que llevan en la guardería ya tres años, se quedaron tan campantes desde el primer día. Que están disponibles en puentes y festivos, los días que uno de los mellizos se pone enfermo y no puede ir a la guardería, los días que mamá o papá tienen un compromiso y no pueden acudir puntuales a las 17:00 horas a la guardaría... Que además siguen con ganas de verlos en fines de semanas y vacaciones varias para compartir entre todos visitas al parque, la playa, los parques de bolas o lo que se tercie. Y que para redondear el asunto, de vez en cuando nos ofrecen una noche libre a los padres -¡y hasta un fin de semana!-, de pareja o para estar con los amigos. Visto escrito parece una barbaridad, una explotación, pero tanto “mis” abuelos como los que cruzo a la entrada o la salida de la guardería y los colegios de la zona. Pero la verdad es que hasta ahora no han dado señales de desvanecimiento ni han puesto mala cara, incluso se han ofrecido en más de una ocasión. ¿Basta dar las gracias en ese contexto? Parece poco. La cuestión es que menos mal que hay abuelos con buena disposición para que los padres podamos ser además personas (trabajadoras, amigos, estudiantes y un largo etcétera). GRACIAS.

Y yo me pregunto, ¿qué pasará con nuestros propios nietos en el futuro si no cambian las políticas de empleo, los horarios, los salarios y la conciliación? Porque se rumorea que la jubilación se extenderá más allá de los 67 años. Y si uno quiere y todavía tiene energía y conocimientos que aportar, me parece bien –no voy a entrar ahora en porqué me parecería mal, es otro debate muy largo-. Pero si a los 67, o más allá, estamos trabajando, y todo sigue igual, ¿quién cuidará a los hijos de nuestros hijos? Puede que un paro galopante entre mayores de 55 años solucione la papeleta al Estado y no se reforme nada en profundidad. O puede que, después de todo, el mensaje que nos dan es que las mujeres –mayoritariamente, por un tema práctico de menor salario, emocional de manera de vivir la maternidad- y algunos hombres, estamos mejor en casa. ¿Será un movimiento de regreso al hogar?

PD: Extiendo el agradecimiento a l@s abuel@s y l@s tí@s “de más lejos” que cuando han podido también han estado disponibles para sus nietos y sobrinos.

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