sábado, 1 de marzo de 2014

El Carnaval y las #malasmadres

La intuición femenina junto con el instinto materno debo haberlo perdido por el desagüe en algún punto entre la semana pasada y este fin de semana. Si había alguna manera peor de interpretar a mis hombres, incluido mi marido, respecto a la fiesta de Carnaval, no la he encontrado, y si lo hubiera hecho, seguro que aún hubiera sido peor.

Todo empezó cuando hace dos semanas anunciaron en el colegio que se iban a celebrar varias festividades de Carnaval. Durante una semana entera los mensajeros iban a darnos instrucciones absurdas que las sufridas madres, como bien explica Peineta Pintxo y mi Monillo, corremos a cumplir como buenamente podemos en medio de jornadas laborales, crisis, formación (que hay que reciclarse para ser una buena -madre- trabajadora) y virus varios (nosotros llevamos casi dos meses, que se dice pronto y se sufre despacio, en cuarentena perpetua gracias a la gripe y la varicela). 

Se me ocurrió, mal, que: 

  • Como de pequeña disfrutaba de disfrazarme, del color del Carnaval y de sí fiesta, mis hijos no iban a ser menos. "Seguro que han salido fiesteros como su madre". 
  • Como mi señor marido, según cuenta él mismo, no se perdió un sólo carnaval hasta bien entrada la juventud, y como es tan extrovertido y fiestero -antes de tener hijos-, seguro le hacía ilusión después de tantos fines de semana encerados en casa, compartir su primer carnaval con los niños. 
  • Como a los gemelos les gusta tanto disfrazarse en casa, seguro les divertiría hacerlo con papá y mamá. 
  • Y más con sus amigos del colegio. 
  • Y aún más con la colla gegantera de su escuela. 
  • Y digo más, seguro que les gustaría hacer el disfraz con mamá en plan manualidades. 

Pues no. Me equivoqué. En todo. La cosa ha sido más bien así: 

  • Cuando le dije hace dos semanas a mi marido que me había apuntado a la rua de carnaval con fiesta y merienda incluida el sábado por la tarde y que íbamos a ir los cuatro disfrazados de indios con trajes hechos con bolsas de basura y plumas en la cabeza me miró con cara de "tú estás loca" y de "que te creas tu eso, bonita". 
  • Mis hijos, entretanto, se pasaron la varicela el uno al otro
  • En el colegio la profesora nos anunció que no sabía qué hacer para que Pol se implicara en los bailes que preparaban para la fiesta. 
  • Pol cogió la varicela multiplicada por mil y al cuadrado. 
  • Así que abusando de abuela en casa con niño altamente vírico, me fui con Izan al taller para hacer los disfraces. Allí me encontré recortando una bolsa de basura verde a medida mellizo de tres años y medio y recortando y pegando celo de colores mientras él lo llenaba todo de pegatinas de colores. Pero claro, se cansó rápido. Y estaba yo enfrascada en la labor, cuando tres segundos después había desaparecido con una pareja de mellizos amigos que van a su clase (sí, somos cuatro pares de mellizos en la Jungfrau, ni más ni menos). De pronto, el padre de los gemelos y yo nos coordinamos en una búsqueda de los tres escurridizos. Él escaleras arriba al piso superior. Yo mirando en sus clases por si se habían ido a jugar con los juguetes. Nada. Todo duró minutos, pero de esos angustiosos y de "mala madre, mira que despistarte, ¿y si han salido a la calle por una puerta abierta?". Por fin los encontré muertos de la risa escondidos en unos labavos, haciendo pipí y mojándose las mangas al lavarse las manos. Menuda bronca me salí echarle al mío ante la atónita mirada de los dos mellizos cómplices que no sabían si correr hacia su padre ante la duda que estuviera igual de enfadado. Total, que nos volvimos a casa corriendo porque Pol y su varicela iban de mal en peor y nosotros "haciendo manualidades divertidas". Me llevé los deberes. 
  • Pol, efectivamente, estaba fatal y del todo inflamado. "Sobreexposición vírica". Corre que te corre al pediatra en una cita pedida de urgencia y de última hora mientras Izan se quedaba con su sufrida abuela que cambió virus por niño sano sobreexcitado. La cara de la gente por la calle cuando me los cruzaba con Pol cubierto de granos y ampollas era para grabarlo, se me abría el paso como el Mar Rojo a nuestro paso!
  • En fin, siguió la varicela. Yo he pasado toda la semana en un curso para reciclarme como profesional de la comunicación y las vecinas y amigas tenían que recoger a Izan para llevarlo a casa con su abuela (vamos a tener que hacerle un monumento) y las noches no me daban para hacer los disfraces pendientes.
  • Viernes, llevamoa a Pol ya curado pero con crostas al colegio para que disfrute del Carnaval que celebran allí. Tanto el padre como la abuela decían que se quedara en casa, ya total no venía de un día sin cole. Pero pensé que le gustaría disfrutar de la experiencia con sus amigos de clase. Las puertas para ver el baile de nuestros niños se cerraba a las 15:15 (¿para quién están pensados estos horarios?) y yo llegué a y 33. Con otra madre estuvimos esperando a ver si amablemente nos abrían y de poco no nos dejan pasar por "las normas". Pero justo iba a salir una abuela y anunciaban el espectáculo de "Picarlos" (P3). Creo que puse una cara tan suplicante que me guiñó el ojo diciendo "rápido, pasad antes que os vea alguien".
  • Izan sí bailó como un loco, pero Pol no parecía entusiasmado. Y cuando de pronto llegó el baile final de todos con el Gangnam Style, no se me ocurre  nada mejor que decirle a la madre de al lado, "esta les encanta, siempre me la piden en casa para bailar". Pues... ¡quietos como palos con cara de pocos amigos!. Si es que somos unos malqueda. 
  • Bueno, pensé, mañana sábado vamos toda la familia de indios a la rúa de Carnaval y seguro que nos lo pasamos en grande bailando juntos. ¡Ja! He corrido toda la mañana (arreglar la casa, piscina, enfados varios). 
  • He llegado tardísimo a casa. Seguimos con Pol enfadado. Mi marido dice que él ni se quiere disfrazar ni quiere ir. Yo venga insistir que es un momento de familia, para pasarlo bien, salir después de tanto virus.  
  • 14:30. Enfadado. 
  • 15:00. Enfadado. 
  • 15:30 Se le medio pasa el enfado y come, por fin. Empiezo a correr para hacer los tres trajes de indio que me faltan. ¿Me ayudáis, chicos? Y ningún chico me ayuda. Bueno, sigo. Quedo por WhatsApp con otra mami de  mellizos para vestirnos todos juntos y pintarnos. Pero el tiempo pasa y cuando son las 
  • 16:30 que deberíamos estar en su casa para salir, resulta que mis hijos no se ponen las chaquetas, su padre les persigue con tono serio y perentorio por la casa y yo sigo apurando para hacer el traje que me queda. 
  • Salimos a las 16:47. Llamo por teléfono para disculparme y para que se vayan sin nosotros si es necesario. Nos esperan. Pol vuelve a estar enfadado y dice que no quiere saber nada de disfraces. Llegamos. 
  • Tienen disfraces diez veces mejor hechos que los nuestros, con calma y cariño. Las plumas las llevan cosidas a la cinta elástica de pelo y yo acabo de hacer nudos "mal paridos". Todos van primorosamente pintados, la mamá está hasta guapa. Y a mí me pintan mis hijos en un intento de que tengan ganas de fiesta y se animen. Ni por esas, pero yo voy hecha un cromo. Por si fuera poco, en el momento de la verdad, esa bolsa que parecía tan grande, se queda encallada en mi cadera (porque llevo abrigo, pero es una triste excusa) y tengo que cortar los laterales para ponerme la puñetera bolsa de basura. Pol sigue enfadado, de nuevo, y ni con oferta de chuches quiere ponerse ni la pluma ni el disfraz (que era justo el que sí estaba bien).
  • Llegamos a la rúa. Pol enfurruñado pone casi cara de gruñir a cualquier que lo mire. Mi marido lo coge de la mano con cara de circunstancias. En un momento dado lo pierdo, llamada de teléfono entre tambores: "Está plantado en medio de la calle y no quiere caminar". Se van a casa, total no vale la pena que sigan el uno sin ganas y el otro enfadado y castigado. 
  • Izan me pide brazos todo el rato y me tiene la espalda destrozada. Tras un ahora sí - ahora camina -´ahora te cojo de nuevo, veo que se le cierran los ojos y se le cae la cabeza. O sea, que llevamos un mes que no quieren hacer siesta pero hoy está reventado. Se duerme encima de mí rodeado de tambores y mucho ruido. Vamos, que me despido con cara de circunstancias y vuelvo a casa con la espalda molida por no moverlo ni despertarle al poner bien el peso muerto del niño. 
Así que no, mis hijos y mi marido no querían celebrar el Carnaval. Y a mí me ha agotado emocionalmente. Debe ser cosa de hombres. O de mala madre. Qué sé yo. 

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